Para que Europa Avance
Regreso de unos días de descanso en la Europa Central, donde el frío es aterrador en este mes de febrero. La huellas del régimen soviético se notan todavía en las grandes avenidas y la arquitectura terrible de algunos edificios mastodónticos. Las viejas estátuas se eliminaron hace una década cuando se fueron con el Telón de Acero. Los turistas tienen, hasta dentro de 3 años, que acudir a las oficinas de Cambio, pero los euros son aceptados en la mayoría de los comercios. Es la prueba más evidente del poderío económico de la Un ión Europea. Al menos, algo bueno debía tener la moneda única, esa que nos ha puesto todo carísimo.
Los jóvenes checos, que corrieron frente a los tanques rusos, o se avalanzaron a finales de los ochenta a las urnas, ahora se debaten ante la impotencia de no poder acceder a una vivienda. La población envejece y apenas se repone por una bajísima natalidad. Es un problema que me resulta tan mío, que apenas distingo diferencias nacionales. Aunque apenas hayamos tenido contacto, es mucho lo que nos une a ingleses, italianos, franceses o suecos. De mis días de estudiante en el Reino Unido recuerdo el privilegio de ser europeo y no necesitar papeles para moverme, para trabajar. La lengua, además, no puede entenderse nunca como una frontera, sino como la posibilidad de comunicarse. Saber más idiomas significa poder hablar con un mayor número de gentes.
Richard Hill hizo hace unos años la mejor contribución al europeismo que conozco. Su libro, We Europeans, explica lo que cada país piensa del resto. Son tópicos que nacen muchas veces de las situaciones más rocambolescas. Es curioso comprobar como la opinión de los ingleses se ha forjado mediante las parodias de los Monty Python. Piensan de los alemanes que tienen una mente cartesiana o de los españoles que estamos todavía dominados por las ideas de la Inquisición. Son sólo tópicos, como digo, aunque, a veces, cuando oigo lo que oigo, me hacen pensar que tienen algo de razón.
Los españoles debemos mucho a la Unión Europea. Sus ayudas nos han impulsado extraordinariamente en la última década. Bien es cierto, que creo que se podrían haber usado mejor. Y, en un mundo tan interconectado como el actual, nuestro futuro será europeo o no será. Y, en ese marco, el próximo Tratado que refunde los anteriores bajo la apariencia de una Constitución, tiene algunas cosas novedosas y francamente elogiables, al ser hija de los primeros años del Siglo XXI.
La primera es la manera de reformarla. En esto, se asemeja a la norteamericana. Se pueden incorporar enmiendas al articulado. Por ejemplo, ahora muchos aborrecen porque no se incorporan las raíces cristianas. Hacerlo habría dejado fuera a los franceses. Sin embargo, si ese pensamiento religioso fuera mayoritario en Europa, se podría patrocinar una enmienda que formaría parte de la propia Constitución. Igual se puede decir de su calado social, o de ciertas políticas económicas.
La segunda cosa elogiable de la Constitución es la superación de los bloqueos, aquello que tanto le gustaba a Aznar. Aunque algunos países se nieguen en redondo, si la mayoría europea dirige su rumbo hacia otro lugar, no se podrá frenar. Si cuatro quintos votan el tratado, se hará, aunque los ingleses se opongan. En ese sentido, Europa da sus pasos para tener una política más flexible, para que el gran mastodonde tenga movimientos más ágiles. Nada hay en la Constitución que limite lo que ya tenemos.
Es cierto que promoverá cambios, pero estamos en un tiempo de cambios. Querernos refugiar en el pasado, es lo mismo que los checos que ahora añoran el régimen soviético, que les daba seguridad a cambio de mirar para otro lado. Cada día, aquí, en la red, los ciudadanos dan ejemplo, con sus comentarios, de no mirar para otro lado. Para mí, votar no es refugiarse en el pasado. Y, ya somos mayores como para obedecer a quienes nunca han querido que nada avanzara.
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